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El estacionamiento detrás del club estaba vacío, salvo por dos autos que parecían debatirse cuál estaba más vencido: un Renault 19 con la pintura cuarteada y un Mercedes Benz de los 80 amarillento, brillante solo en el recuerdo de otra década.Richard estacionó el suyo con un frenazo torpe.
Pizarro bajó del Mercedes en el mismo instante.Se quedaron mirándose como dos gallos viejos que alguna vez pelearon en serio y ahora apenas podían inflar el pecho.—Doctor —saludó Richard sin ironía. Inusual en él.
—Richard —respondió Pizarro, acomodándose el saco—. ¿Lo desperté?
—No duermo —dijo Richard. Sonó verdadero.Silencio.El viento traía olor a fritura vieja del buffet del club.Pizarro habló primero:
—Usted escuchó la radio, ¿no?
—Sí.
—¿Y vio los carteles?
—Bandera, cartel… —Richard alzó la mano, resignado— ya perdí la cuenta.Pizarro respiró hondo, como si preparara una pregunta que preferiría no formular.—Le voy a preguntar algo, Peralta. En confianza.
—Pregunte.
—¿Usted creó al Checo?Richard abrió los ojos como si le hubieran propuesto correr los cien metros llanos.—¿Yo? ¿Está loco? ¿Cómo voy a inventar a un tipo que nunca habló una palabra y de pronto te arma un discurso como si fuera diputado? ¡Si ni siquiera pide fiado sin tartamudear!Pizarro se frotó las sienes.
—Tenía que descartar hipótesis.Richard lo miró un largo segundo.
—¿Y usted? ¿Lo inventó?La pregunta quedó suspendida en el aire.—No —respondió el doctor—. Y créame… ojalá lo hubiera hecho. Al menos entendería qué está pasando.Silencio. Más pesado.Richard dio un paso hacia él.
—Doctor… ¿y si el que habla es el muñeco?
—Peralta —dijo Pizarro, sin fuerza para retarlo—, no hable pavadas.
—No es pavada, Doctor —murmuró Richard—. Estoy tratando de entender algo que no entiendo. Eso es todo.Pizarro bajó la mirada.
Por un instante, dejó caer toda la intelectualidad que lo sostenía como un corsé invisible.El silencio se estiró.Y ahí, entre el olor rancio de la fritura del buffet, cruzó una brisa mínima.
Traía un aroma leve, dulce y especiado, como a pan europeo con frutas secas.Extraño. Ajeno. Imposible.Richard frunció apenas la nariz.
Pizarro también lo sintió, pero ninguno comentó.El olor se evaporó al instante, como si no hubiera pasado…
pero dejó un rastro incómodo, una sensación de que algo cambió de lugar sin permiso.—Me preocupa algo más grave —dijo al fin.Richard lo miró.
—¿Qué?
—Que el pueblo no se sorprende. Como si el problema fuéramos nosotros.Richard sintió un pinchazo en el estómago.
No hubo réplica.
Ninguno se movió.Y en ese estacionamiento mugriento, entre autos cansados y olor a fritura, los dos comprendieron lo mismo:
ya estaban derrotados, mucho antes de competir.
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La víspera de las elecciones amaneció rara, como si al pueblo lo hubieran doblado en dos y vuelto a planchar con las arrugas mal puestas.Las banderas checoslovacas ya no eran simples telas colgando: aparecían en balcones alineados como si alguien hubiese pasado con una escuadra, convivían con la celeste y blanca en algunas calles, y en otras las habían expulsado directamente, dejando a la Argentina fuera de su propio mapa. En el mástil de la escuela flameaba una que crujía tanto que parecía que se le iba a soltar el himno de encima.El pueblo había despertado así, sumergido en un orden que nadie había votado.Los carteles regresaron también, pero no eran los mismos. Aparecían frases nuevas, caligrafiadas con la misma mano segura:—“La política no es esconder la deuda, es recordar la promesa.”
—“Quien no escucha al pueblo, escucha tarde a los gritos.”
—“Un cargo no te hace más alto, solo más visible en la caída.”La gente los leía y asentía en silencio, como si se hubieran encontrado con verdades que llevaban años masticando sin animarse a decirlas.Pero lo más inquietante no eran las banderas, sino la gente.Una señora salió al almacén con una blusa bordada de flores rojas y azules; decía que se la había tejido la abuela, aunque todos sabían que su abuela nunca pasó de hacer bufandas torcidas. El carnicero, con cuchilla en mano, saludaba a los clientes con un “dobrý den” que sonaba más a estornudo que a saludo, pero todos le contestaban con una seriedad casi diplomática. En la panadería, en vez de criollitos, se ofrecían panes de centeno redondos, oscuros, tan densos que había que cortarlos con serrucho. Y los chicos de la plaza, en lugar de jugar a la mancha, movían piedras blancas y negras en el piso, convencidos de estar jugando al ajedrez aunque nadie entendiera las reglas.Era como si alguien hubiera metido al pueblo entero en un curso acelerado de Europa del Este. Un curso gratis, obligatorio, y dictado por un fantasma con buen pulso para la caligrafía.Los vecinos lo tomaban con naturalidad, como quien acepta que el colectivo pase diez minutos tarde: inevitable, pero al fin de cuentas parte de la vida.
“Mejor así”, murmuraba un viejo del almacén, “al menos el saludo en checo suena más educado que el nuestro”.De pronto, alguien —nadie supo quién— empezó a tararear una melodía sencilla, casi infantil. Un estribillo con palabras torcidas, mitad en castellano, mitad en checo improvisado:—¡Krupa, Krupa, la canilla chupa! ¡Y si gotea, ¿de quién es la culpa?!Alfredo de la rotisería, repasador en mano, lo repitió entre carcajadas. Después lo corearon unas señoras que pasaban caminando por la vereda de enfrente, como si hubieran ensayado toda la semana.Los chicos que esperaban un arrollado de papas afuera del local lo repitieron, como si fuera un juego. Pero uno agregó otro mantra que tampoco pasó desapercibido, también inventando sobre la marcha:—“Pan duro, pueblo seguro. Pan blando, gobierno al mando.”Las frases se esparcieron como humo.Primero fueron los chicos, que la cantaban en ronda sobre un césped ralo y amarillento, golpeando palmas al ritmo de una melodía rara, con un compás torcido, como esas canciones que no nacen en este lado del mundo.Después, en la plaza, alguien la gritó en serio, con voz ronca de vecino indignado.Y entonces las madres empezaron a corearla mientras vigilaban que sus hijos no se lastimaran en ese tobogán imposible, inclinado como una rampa de descarte, y en esas hamacas torcidas, compradas en alguna licitación dudosa, donde cada cadena sonaba como un lamento metálico más viejo que el pueblo.Por la tarde, ya era un estribillo. Pintado en aerosol en la vereda frente al club, escrito con marcador en el vidrio empañado del bar, repetido en la radio local con la cadencia de un jingle improvisado.El eco de esas canciones absurdas se metió en las casas, en los patios, en los dormitorios. Nadie entendía bien qué significaba, pero todos la repetían. La melodía se volvió pegajosa, como el silbido de un pájaro que insiste en las mismas tres notas hasta volver loco al que lo escucha.Solo Kelly veía la escena como un mal chiste que no terminaba de entender. Donde los demás encontraban entusiasmo, él olía a brujería. Donde los demás reían con ternura, él escuchaba un eco torcido y paranormal que parecía burlarse de todos.Pizarro habia convocado un contradiscurso en el playón de su fundación, pero casi nadie apareció. Apenas su mujer, de pie en primera fila, que lo aplaudía con un fervor que parecía lástima. Un par de allegados dispersos, obligados por la lealtad o la costumbre, se balanceaban aburridos.Y cuando Pizarro, con la garganta apretada, ensayó su denuncia contra “el delirio extranjero que amenaza nuestra cordura”, los parlantes se invadieron solos. Como una transmisión fantasma, surgió la voz del Checo o del títere, serena, segura, diciendo:—“No teman a la voz distinta. Teman a la voz repetida.”Los pocos presentes se miraron entre sí, incómodos, como si la plaza hubiera decidido a quién escuchar. La retórica de Pizarro se quebró en seco. Hasta sus amigos dejaron de aplaudir. Solo su mujer, con las palmas rojas, siguió batiendo las manos, desesperada por mantenerlo erguido ante el ridículo.El Gordo Richard optó por el músculo. Convenció a Rodolfo Kelly y a un puñado de punteros para arrancar cada bandera, cada cartel, durante la madrugada. Recorrieron el pueblo en silencio, cargando las telas en bolsas de consorcio, mientras Richard mascaba la bronca de ver su campaña eclipsada por un extranjero. “Esto se acaba acá”, gruñó, con el cuello sudoroso brillando bajo la luz de los faroles.Pero al amanecer, las banderas estaban de vuelta. No las mismas: otras, nuevas, más limpias, más perfectas, como si alguien hubiera planchado con el aire durante la noche. Donde habían arrancado un cartel apareció otro, con una frase distinta:—“El que quema un símbolo termina envuelto en su humo.”Richard se desplomó en una silla de la municipalidad, respirando como si hubiera corrido una maratón.Kelly, en cambio, no lograba apartar la mirada de las telas colgadas: sentía que algo las movía desde adentro, como si en cada pliegue hubiera un pulso mínimo, un latido extranjero.Las letras que reaparecían no parecían pintadas: eran como marcas que el aire dejaba al pasar, obedeciendo a un orden que nadie más podía ver.El pueblo estaba rendido, aunque nadie lo admitiera. Los símbolos extranjeros se habían vuelto parte del paisaje como si hubieran estado siempre ahí.Y en la víspera de las elecciones, lo que flotaba en el aire no era expectativa democrática, sino la sensación de estar atrapados en una obra ya escrita, donde los candidatos de siempre se quebraban a la vista de todos, mientras la voz imposible del Checo o del títere los dejaba cada vez más pequeños.
─────────── 14 ───────────
El pueblo amaneció con olor a cerveza negra, a chorizos especiados y a música que nadie sabía tocar pero todos tarareaban. No era un domingo de elecciones. Era otra cosa disfrazada de domingo. Era como si durante la noche los adoquines se hubieran trasladado a Europa del Este.En las calles se mezclaban aromas que nunca habían existido ahí: repollo fermentado, pan de centeno, ajenjo derramado en vasos improvisados. Los vecinos vestían como podían imitar lo que habían visto en alguna enciclopedia ilustrada: pañuelos bordados en los hombros de las viejas, camisas abotonadas hasta el cuello y botas de goma usadas como si fueran parte de un uniforme ancestral.El bar abrió más temprano que de costumbre. Se llenó rápido. Los que pasaban a votar pedían la “bebida del Checo”, un brebaje indescifrable que apareció de golpe en el mostrador del bar en reemplazo de los sifones de soda. Nadie preguntaba de dónde salía. Se lo tomaban en silencio, convencidos de que así estarían votando mejor.En las mesas se repetían, como letanías, frases que ya no sonaban como consignas, sino como mandamientos de un catecismo nuevo:—“Un pueblo no se mide por lo que promete…” —murmuró un viejo de boina— “…sino por lo que repara” —completó otro, y se tomaron fuerte de las manos con una camaradería nunca vista en el pueblo.En la fila de la escuela no se discutía si la boleta debía decir El Checo o El Títere. Eso ya estaba resuelto, como el aire que se respira sin pensarlo.Los hombres hablaban de otra cosa. Un hombre, con las manos manchadas de nicotina y la chaqueta abrochada hasta el cuello, juraba con seriedad que en su “pueblo de origen” —aunque nadie le conocía parientes europeos— nadie entraba a votar sin estrechar la mano de cada vecino en la fila.
—Así se evitaban las traiciones —aseguró, y uno a uno, como si se tratara de un ritual obligatorio, empezaron a saludarse. Manos callosas, manos húmedas, manos que se apretaban demasiado fuerte, todas encadenadas por una cortesía que parecía venir de otra parte del mundo.Parecía una elección argentina en calendario, pero checoslovaca en alma.Los candidatos, arrinconados por la marea del Checo, intentaban lo imposible.Pizarro, fiel a su título de médico, había mandado imprimir talonarios de “consultas gratis” en su consultorio particular, con su firma y foto sonriente. También repartía pequeñas cajas de muestras médicas —omeprazol, vitaminas genéricas— con su cara pegada en una etiqueta improvisada.El Gordo Richard, en cambio, se aferraba al azúcar como bandera. Entregaba paquetes de un kilo con una consigna absurda estampada en letras rojas:
“DULCE ES EL PUEBLO, DULCE MI GESTIÓN.”
Su panza desbordada bajo la camisa hacía que el chiste le jugara en contra. Los más jóvenes se reían a escondidas; las viejas lo aceptaban con resignación, como si fuera otro de sus excesos.Pero la desesperación no se detuvo ahí. A media mañana aparecieron camiones de la municipalidad cargados con colchones de resortes vencidos y ventiladores de pie que giraban solos en falso.Un puntero de Richard ofrecía dinero doblado en servilletas, pero al abrirlas solo había billetes de dos pesos, descontinuados hacía años. Pizarro fue más lejos: prometía una heladera usada a quien probara quién había votado por él. Lo grotesco se volvió tragicómico cuando alguien intentó llevarse la heladera en una carretilla, pero la enchufó ahí mismo para probarla y estalló en humo.Mientras tanto, los carteles improvisados del Checo seguían pegados en las paredes: frases firmes, sin regalos ni promesas absurdas. La gente los repetía como mantras. Y cada absurdo de los candidatos los hundía más, mientras la ausencia del Checo lo engrandecía.—¿Y el Checo? —preguntó alguien.
—No se lo ve.
—Mejor. Así habla más —respondió otro, provocando una risa que se expandió como chispa.Pero cuando entraban al cuarto oscuro, el desconcierto los golpeaba de lleno: no había boletas del Checo, ni del títere, ni de nadie más que de los candidatos de siempre. Y entonces comenzó la procesión de lo insólito.Un joven escribió el nombre del Checo en la parte trasera de un folleto de supermercado. Una señora arrancó la hoja de su libreta de almacén y garabateó “El Checo” con la misma lapicera con la que llevaba las cuentas. Otro dobló un pedazo de papel madera que había encontrado en el bolsillo de su saco y lo lanzó en la urna con la solemnidad de un sacerdote.En los pasillos de la escuela, los fiscales se desesperaban. No había una sola boleta oficial del Checo, pero todas las mesas recibían papeles con su nombre. Algunos prolijos, otros apenas garabatos. Uno manchado de sangre, que un muchacho había escrito tras pincharse el dedo en la puerta oxidada del aula.El presidente de mesa quiso discutir, pero la gente lo calló de un grito:
—¡Es válido!El murmullo afuera se volvió un zumbido de feria. Lo aceptaron como se acepta una tormenta de verano: con resignación y con cierta alegría absurda.Las urnas se fueron llenando de esos papeles imposibles. Algunos doblados prolijos, otros arrugados. Todo servía. Todo era válido.